Perder a quien estaba atada fué angustioso. Le dije lo que quería y sentía, pero no insistí. No quería forzar las situaciones, y quería que el disfrutara de su libertad. Sabia que el perderle me haría aprender a responsabilizarme más de mi misma, y que le dejase de ver por ahora, no era el fin.


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Te convertiste en mi alfa y en mi omega,
en todo mi principio y en mi meta.
Eras aquel sueño anhelado de una noche de verano,
eras las lágrimas inútiles que mojaban mis manos.

Y viendo lo que había conseguido y lo que tenía,
eras esa insatisfacción que angustiaba mi vida.
Descubrí que no tengo miedo a perderte,
sinó a que sin ti, sea yo la que se pierda,
la que no sepa aguantar las riendas.

Y quizás, siendo yo mi guía,
sin ir lento, ni demasiado deprisa
algún día te encuentre a mi lado,
pero esta vez no me pasarás de largo.