Y que me pasa, ¿cuándo no clavo la mirada y no puedo limpiar mi conciencia, no puedo dejar de ser rastrera y gamberra, de parecer mala y traicionera?

Te quiero a mi lado, en mis brazos, en ese alguien que algún día llegaré a ser con mucho esfuerzo siempre, tras lágrimas constantes en mis ojos y años, y muchos levantamientos para demostrar que yo también soy fuerte y que puedo llegar a ser lo mejor que soy.

Puedo llegar a ser lo que yo quiera, y seré la mejor psicóloga que nadie haya encontrado jamás, una que leerá en los ojos de la gente los párrafos y párrafos del silencio, los mismos que siempre habré tenido yo y que quizás compartimos.

Y voy a estudiar, voy a demostrar de lo que soy capaz, y de como se aprovechar ese tren, que aunque lleno de personas, lleva un espacio justo para mí. Y estoy allí a la hora en que ningún adiós es suficiente para decirme que apueste por mí.

Entonces sí, lloro y me encuentro y me planto en mí, con todos mis prejuicios creados de algo que no soy o de algo que solo es parte de mí, una mínima parte que despierta en ocasiones por miedo. Por miedo a no saber quien soy para así no despertar al fantasma de la identidad, el que siempre me hizo caer sobre un suelo mojado de lágrimas y con baches tras los que tropecé.

Pero este es el mejor sitio en el que podría vivir, en el mundo, mucho mejor que el que yo misma me creo dentro, el mejor del que podría aprender y ante todo jugar.

Quiero ver mil amaneceres escuchando canciones de amor, pintar mil panoramas, saciar todas las páginas de un libro y en los recovecos de las arrugas de mi alma encontraré la canción que siempre llevé dentro.